Matutina del 31 de Diciembre del 2011.

¡AMANECERÁ!
Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria. Isaías 60:2.

¡Diciembre terminó! ¡Un año más se fue!

¿Te diste cuenta de que, en esta vida, todo se va?

Se acaba la ropa, la comida se termina, la juventud se va, se deteriora la vida, en fin... Desaparecen los momentos tristes, las horas felices; todo llega a su término.

El otro día conversé con una persona que me decía:

“Este fue el peor año de mi vida: perdí el empleo en julio; mi esposa falleció, consumida por el cáncer en octubre; y ahora,  pocos días antes de Navidad, mi única hija, de apenas 16 años, sin haber terminado siquiera el segundo año, me da la noticia de que está embarazada.

¿Qué quieres que haga con mi vida? ¿Cómo quieres que crea que existe un Dios que se preocupa por mí?”

Nada le dije al principio; solo lo escuché. Respeté su dolor, la rebelión de su corazón herido, su desesperación.

¿Qué se le puede decir a una persona que está sufriendo terriblemente?

Hay momentos en los cuales la mejor ayuda que puedes prestar a una persona es solo oírla, colocar un brazo en su hombro, dejarla llorar...

A veces, pienso que Dios nos dio lágrimas con el objeto de lavar el veneno que está destruyendo las profundidades del alma; el dolor que asfixia; la hiel que ahoga el espíritu. Porque hay momentos en que todo te parece absurdo.

Quieres ser feliz y, por más que te esfuerzas, no lo logras; te da la impresión de que la felicidad se te escapa por entre los dedos.

Otras veces, te parece tan distante como aquella estrella que observas en el cielo azul: bella, esplendorosa, pero ajena.

Sientes que no te pertenece: puedes observarla de lejos, pero es como si no tuvieses derecho a ella.

Y ahora, el año se acabó; se fue. Y ojalá que, en su alocada corrida, se hubiese llevado, también, tu dolor.

Pero no; no lo hizo. Se marchó, dejándote el sabor amargo de la derrota, de las cosas con sabor a feo, a horrible, a desgracia.

Y aquí estoy yo, queriendo decirte alguna cosa, y sin saber siquiera cómo empezar. Entonces, vuelve tus ojos al texto de hoy.

Porque, aunque yo, como ser humano, no sepa ya qué decirte, Dios con toda seguridad sí lo sabe.

Las tinieblas de los problemas pueden envolver tu vida por completo, pero amanecerá.

Enero llegó, trayendo la luz de un nuevo año: créelo.

No te desanimes: este año que está comenzando será diferente. “Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria”. Isaías 60:2.


Autor: Pastor Alejandro Bullón.
Del Libro: Plenitud en Cristo

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Matutina del 30 de Diciembre del 2011.

EL SEÑOR ES TU SOCORRO
Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro?. Salmo 121:1.

Cuando el salmista escribió este salmo, vivía uno de los momentos más tristes de su experiencia:

su gran amigo y consejero, el profeta Samuel, acababa de fallecer; él se encontraba atravesando el desierto de Parán, perseguido por su propio hijo Absalón.

¿Cómo te sentirías tú, si las personas en quienes más confías te abandonan, te traicionan y se disponen a luchar contra ti? 

¿Adónde acudirías, en busca de consejos y de ánimo, si tu gran consejero hubiese muerto?

David se sentía solo; no sabía dónde ir ni qué hacer. En esos momentos de tristeza y de soledad, alzó los ojos hacia las alturas del los montes de Palestina.

En aquellos lugares escarpados, los paganos ofrecían sacrificios a sus dioses, creyendo que ese era el camino para la solución de sus problemas.

Observando aquellas montañas, David escribió: “Alzaré mis ojos a los montes”.

En otras palabras: “Ya que todo el mundo sube esas montañas en busca de respuestas, yo también iré allá”.

Pero, enseguida recapacita y se pregunta: “¿De dónde vendrá mi socorro?”

Aquellos que no conocían al Dios eterno de Israel subían aquellos montes en búsqueda de soluciones; pero el salmista se pregunta: “¿Subiré también yo?”

En aquellas alturas sofisticadas de la sabiduría humana, del materialismo, del consumismo, del racionalismo, del relativismo, ¿es allí donde encontraré salida para mis problemas?

Entonces reacciona, y se responde a sí mismo: No; “mi socorro viene de Jehová”.

¿Por qué proviene de Jehová? Por una simple razón: el poder de Dios: “Él hizo los cielos y la tierra”.

No existía nada. Nada había: solo el vacío, la oscuridad, el desorden; el caos.

Pero, “por la Palabra del Señor, fueron creados los cielos y la tierra. Porque él dijo y fue hecho. Él mandó y existió”.

¡Ah, querido! Si Dios fue capaz de hacerlo todo, desde la nada, solo por el poder de su Palabra,

¿por qué no podría hacer maravillas en tu vida, si ya existe alguna cosa, aunque esa “alguna cosa” sea apenas una vida hecha pedazos?

Por eso, ¡levántate, en el nombre de Jesús!

Tu Dios no conoce de derrotas. ¡Es Jehová de los ejércitos! vencedor del universo. El año que pasó pudo haber traído páginas tristes a tu vida.

Pero, no todo está perdido, ¡levanta tus ojos a ese Dios eterno y todopoderoso! "Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? ". Salmo 121:1.


Autor: Pastor Alejandro Bullón.
Del Libro: Plenitud en Cristo

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Matutina del 29 de Diciembre del 2011.

PERMANENCIA
Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios. Salmo 90:2.

!La vida es pasajera! Desde la entrada del pecado en este mundo, todo lo que empieza termina.

Todo llega a su fin; nada dura. Asimismo, existen cosas como la montaña, símbolo de permanencia.

Si tú ves una nube en el cielo azul, es posible que una hora después ya no la encuentres más allí; si tú dejas un árbol en algún lugar, es probable que, cien años después, el tiempo lo haya deteriorado.

Pero, si tú observas un monte y vuelves dentro de cincuenta mil años, el macizo bloque de piedra estará en el mismo lugar.

Porque, aunque en esta vida todo es pasajero, todavía hay algunos objetos imperecederos. La montaña es uno de ellos.

Pero, en el Salmo 90, Moisés mira a los montes y razona: “Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, eres tú”.

Date cuenta de que Moisés toma la montaña, símbolo de algo duradero, y lo describe como algo que tiene comienzo: “Antes que naciesen los montes”, dice.

Los montes, por más que, en comparación con la temporalidad del ser humano, parezcan duraderos, tienen un principio. Alguien los creó; de otro modo, no estarían allí, no existirían.

¿Quién está detrás de ellos? ¿Quién los creó? ¿Quién los hizo nacer?

La respuesta es “”’. Ese tú es un pronombre personal.

En el Salmo 90, se refiere a una Persona eterna: es el propio Dios. El Dios eterno, Creador del cielo y de la tierra.

Mira de qué forma Moisés lo describe: “Desde el siglo y hasta el siglo, eres tú”.

La declaración del profeta está equivocada, desde el punto de vista gramatical.

La redacción correcta debería ser: “Desde el siglo y hasta el siglo, eras (no ‘eres’), tú”.

Pero, es que la eternidad divina quiebra cualquier regla gramatical. Su existencia soberana quiebra todos los tiempos verbales; él no encaja en ninguno de ellos.

En él, se conjugan todos los tiempos: él es Dios.

Al reconocer y agradecer a Dios por su eternidad, la temporalidad, la fugacidad, la fragilidad del siervo de Dios se transforma en esperanza.

Y su necesidad de permanencia es satisfecha.

Esa experiencia puede ser tuya, en el año que va a comenzar: “Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios”. Salmo 90:2.


Autor: Pastor Alejandro Bullón.
Del Libro: Plenitud en Cristo

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Matutina del 28 de Diciembre del 2011.

GRATITUD
Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación. Salmo 90:1.

Cuando Moisés escribió el Salmo 90, estaba recordando los milagros que sucedieron mientras conducía al pueblo por el desierto. Recordar es vivir.

¡Bendito el pueblo que tiene memoria!

Triste es observar a alguien que sufre de amnesia; la amnesia es la soberanía del olvido.

Un hombre que se olvida de su pasado vive un presente desprovisto de significado; y el futuro le parece incierto y atemorizante.

El pasado te da fuerzas para continuar hacia delante; te confronta con tu historia, aunque esa historia sea el registro de las cosas buenas y malas que sucedieron.

Olvidar es el lado opuesto del recuerdo. Olvidar es morir; morir de a poco, lentamente. Consumido por el frío de la indiferencia o de la ingratitud.

Al agradecer, Moisés tenía un motivo para ser grato. La gratitud le inspiraba seguridad; sin seguridad, no hay vida.

Si observas a un niño de pocas semanas, vas a notar cómo la necesidad de seguridad lo lleva a aferrar, con fuerza, lo que encuentra cerca de él.

Él no tiene conciencia de eso: la seguridad es una necesidad inconsciente, pero vital. Nadie se desarrolla, en plenitud y equilibrio, si no se siente seguro.

Lo que poca gente sabe es que la gratitud genera seguridad; mucho más, cuando la gratitud es dirigida a un Ser eterno y poderoso, como Dios.

Dios no espera que sus hijos le sean agradecidos porque él se alimenta de gratitud; no.

La gratitud no es un “deber” que el “buen cristiano” tiene que cumplir.

La persona beneficiada por la gratitud no es la que recibe el agradecimiento, sino la que agradece.

Hacer una revisión de las bendiciones recibidas de parte de Dios te recuerda, como dice Moisés, que “tú nos has sido refugio de generación en generación”.

Quiere decir, las generaciones pasan; los tiempos se van; días, meses y años se transforman en historia. Pero ¡tú, oh, Señor, continúas! Continúas siendo el mismo ayer, hoy y por los siglos.

Mi temporalidad puede esconderse en el refugio de tu eternidad.

¿Por qué podría, entonces, asustarme la enfermedad o la fugacidad de las pruebas pasajeras de esta vida? Estoy seguro, en la eternidad divina. Nada ni nadie me amedrentará.

Llegamos casi a fin de año. Haz un alto y agradece.

No empieces el nuevo año sin reconocer: “Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación”. Salmo 90:1.


Autor: Pastor Alejandro Bullón.
Del Libro: Plenitud en Cristo

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Matutina del 27 de Diciembre del 2011.

TODOS MUEREN
Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová. Deuteronomio 34:5.

Douglas no acepta la muerte de su padre. Fue una muerte triste, es verdad.

Todas las muertes lo son; especialmente cuando se tiene 42 años de edad y muchos sueños.

Un cáncer consumió la vida del padre de Douglas.

En solo un año, se fue apagando, como una vela consumida por el fuego. El golpe fue tan duro que Douglas se volvió en contra de Dios y se apartó de la iglesia.

¡Muerte! ¡Oh, muerte, ingrata y cruel! ¿Cuánto tiempo más continuarás arrancando lágrimas y sembrando desesperación?

El versículo de hoy relata la historia de uno de los más extraordinarios líderes que el mundo conoció: un gigante de la historia. Pero, los gigantes también mueren.

Vivimos en el imperio de la muerte; es nuestra triste y dolorosa realidad.

¿Ya era un anciano Moisés y le había llegado la hora de morir? No, todavía tenía planes.

La Tierra Prometida todavía no había sido conquistada; había sacado a su pueblo de la esclavitud y le había prometido llevarlo a la tierra que manaba leche y miel.

Pero, una noche, cuando ya estaban en la frontera, listos a entrar en la tierra de los sueños, se le presentó el Señor y le dijo:

Moisés, sube al monte Nebo”. Y desde allí le mostró la Tierra, y agregó: “Mira la tierra, porque para allá tú no pasarás”.

Triste final, para un soñador como Moisés. Él no había salido de Egipto para morir en una montaña solitaria;

¿por qué Dios no le daba la oportunidad de realizar su sueño?

Aquí hay una verdad que Douglas no logró entender: el mejor momento para que un hijo de Dios descanse es cuando Dios permite que descanse.

Puede ser doloroso y triste; desde el punto de vista humano, puede parecer injusto y cruel.

Pero, es la verdad más misericordiosa que existe. Dios nunca falla.

Sus pensamientos, para con el ser humano, son pensamientos de paz y no de guerra; de amor y no de odio.

Si has perdido a un ser querido y no logras aceptar esa realidad, ve a Jesús y llora a sus pies. Pero, pídele que coloque su mano de amor en tu corazón, y que cierre la herida abierta.

Confía en el Señor: él nunca haría algo para tu mal. “Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová”. Deuteronomio 34:5.


Autor: Pastor Alejandro Bullón.
Del Libro: Plenitud en Cristo

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Matutina del 26 de Diciembre del 2011.

TENTACIONES
Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman. Santiago 1:12.

Si hay algo que perturba incesantemente al cristiano, son sus derrotas ante la tentación.


“No logro resistir”; “Soy demasiado carnal”; “¿Qué hago con mi vida?”; “Soy demasiado débil”.

Estas y otras afirmaciones son expresiones de frustración de cristianos sinceros.

Creo que nadie, por voluntad propia, quisiera ser un fracasado.

Todos se esfuerzan, luchan, tratan de controlar sus tendencias; pero parece que nada da resultado. ¿Existe solución?

El problema es que, al llegar la tentación, concentras tus esfuerzos para no caer, en lugar de concentrarlos en no separarte de Jesús.

Al hacer esto caes, no porque la tentación haya sido demasiado fuerte, sino porque te separaste de Jesús.

Y él ya lo advirtió: “Sin mí nada podéis hacer”. Nada. ¿Entiendes? Mucho menos, resistir la tentación.

Entonces, ¿cómo enfrentar la tentación?

Si tu vida es de una constante comunión con Jesús, todo lo que necesitas hacer, al llegar la tentación, es decir a Jesús lo que estás sintiendo o pensando.

Te puede parecer extraño, al comienzo. Hay cosas que no tendrás el valor de contar a Jesús.

¿Cómo decirle, por ejemplo, que estás planeando salir con una persona que no es tu cónyuge o que estás pensando ir a un lugar que no es compatible con la vida cristiana?

“No, no; esto no funciona”, puedes pensar. Pero ahí está la clave del problema.

Ya que no tienes el valor de contarle a Jesús lo que estás sintiendo, cometes el error de cortar la relación con Jesús.

La próxima vez que la tentación aparezca, cuenta a Jesús lo que estás sintiendo, aunque te parezca irreverente y atrevido. No te separes de Jesús.

Si llevas este consejo a la práctica, percibirás que, mientras vas dialogando con Jesús, el deseo pecaminoso empieza a desaparecer, de manera natural: ¡Venciste!

No porque te hayas esforzado por no caer, sino porque luchaste para no separarte de Jesús.

Continúas siendo justo no porque evitaste cometer un acto pecaminoso, sino porque no te separaste de la Fuente de la justicia, que es Jesús.

A su lado, no hubo lugar para el pecado.

Satanás y sus huestes fueron derrotados: Cristo venció en ti; por ti; y para ti. “Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman”. Santiago 1:12.


Autor: Pastor Alejandro Bullón.
Del Libro: Plenitud en Cristo

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